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Bolivia en las urnas: ¿fin de una era o comienzo de otra incertidumbre?

Bolivia vive hoy una de las jornadas electorales más trascendentes de su historia reciente. Tras casi veinte años de dominio político del Movimiento al Socialismo (MAS), el país acude a las urnas en medio de una profunda crisis económica marcada por la inflación, la escasez de combustibles y largas filas para acceder a productos básicos.

El desgaste del oficialismo es evidente. Con Evo Morales fuera de carrera y llamando incluso a invalidar votos, el MAS llega dividido y debilitado. Su candidato visible, Andrónico Rodríguez, apenas capta un respaldo reducido en las encuestas, un reflejo del desencanto ciudadano hacia una fuerza política que alguna vez representó esperanza y transformación.

En el otro extremo, la derecha y el centro-derecha aparecen como favoritos. Samuel Doria Medina y Jorge “Tuto” Quiroga encabezan la intención de voto, aunque sin lograr un liderazgo contundente. Ambos candidatos llegan prácticamente empatados, lo que anticipa una segunda vuelta prevista para el 19 de octubre. La pregunta de fondo es si cualquiera de ellos podrá construir un proyecto sólido que devuelva estabilidad a un país marcado por la polarización.

Pero el dato más revelador está en que no todo está escrito en las encuestas. A la elevada proporción de indecisos y votos nulos, que ronda el 30 %, se suma el peso del voto rural, históricamente difícil de medir en los sondeos. En amplias regiones campesinas e indígenas, el MAS conserva estructuras de base que, aunque debilitadas, aún podrían inclinar la balanza. Ese electorado, junto al voto silencioso urbano que no se refleja en las encuestas, representa un porcentaje lo suficientemente fuerte como para alterar cualquier proyección.

Esto abre la posibilidad de un escenario similar al vivido en el Perú en 2021, cuando Pedro Castillo irrumpió desde el ámbito rural y sindical para convertirse en presidente, pese a no figurar como favorito en los sondeos previos. En Bolivia, no se vislumbra un “outsider” con ese perfil, pero sí existe la capacidad del voto rural y popular de sorprender y cambiar el rumbo previsto.

Lo que está en juego no es solo un cambio de liderazgo, sino el fin de un ciclo político. Si la oposición logra consolidarse, Bolivia iniciaría una nueva etapa después de dos décadas de hegemonía del MAS. Pero si el oficialismo logra recomponerse gracias al voto rural, quedará claro que su arraigo social aún no ha sido completamente erosionado.

La democracia boliviana enfrenta hoy un momento decisivo. Lo que se defina en estas elecciones no solo marcará el rumbo económico y político del país, sino también enviará un mensaje a la región: que en América Latina, los mapas electorales son más volátiles de lo que las encuestas pueden predecir.

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